El terror es uno de los sentimientos que más nos influyen y a la vez nos atraen. Parece que todos tenemos la necesidad de pasar miedo en algún momento. Por ello visitamos el Pasaje del terror y vemos películas de miedo, aunque sea tapándonos los ojos la mayoría del tiempo.

Nuestro alumnos han sido capaces de transmitir ese sentimiento de angustia que a todos nos invade cuando tenemos una pesadilla.

Enhorabuena a Andrés Domínguez Raja y a Jaime Monroy Díaz. ¡Nos habéis dado mucho miedo!

 

   Todo pasó una noche de invierno.

   Yo iba caminando solo por la calle de camino a mi casa, como cada día. Pero esa vez sentía algo extraño, como si alguien me persiguiera y me espiara.

   Miraba hacia atrás, pero solo veía la luz de las farolas en la acera. Cuando giré la cabeza por quinta o sexta vez, vi algo, como una figura muy rápida que cruzaba a la luz de las farolas. Cada vez iba caminando más y más rápido hasta que, de repente, noté que mi cuerpo corría solo hacia casa.

   El miedo iba oprimiéndome el pecho, no me dejaba respirar y sentía un gran nudo en la garganta. De repente, todo mi ser paró en seco en un acto reflejo. Miré hacia delante y vi que un cuerpo de mi altura, aproximadamente, me cortaba el paso. Me sentí desfallecer. Su figura quedaba oculta tras una especie de cortina de oscuridad. Solo se veían sus manos.

   No olvidaré nunca esas manos. Eran terriblemente normales, pero a su vez eran mortalmente pálidas y los dedos se retorcían en ángulos extraños. Esas manos me agarraron por las muñecas hasta romperme el hueso y, de repente, todo se volvió negro.

   Lo único que recuerdo es una sonrisa blanquísima y siniestra y unos ojos negros que disfrutaban con mi sufrimiento. Al día siguiente, encontraron mi cuerpo hecho un manojo, donde encontró su final en una de esas frías noches de invierno.

Andrés Domínguez Raja

2º B

   Ahí estaba yo, escondido entre las rocas mugrientas y gélidas debido al manto blanco caído antes del resurgir del alba. Lo sentía, cada vez estaba más cerca de mí, casi podía sentir su frío aliento dándome en mi rostro pálido.

   Sabía que este día llegaría, pero no de esta manera tan aterradora y tan extraña. Podía sentir mi olor, podía verme e incluso delicadamente acercarse sigilosamente. Ya era imposible salir, estaba rodeado de árboles y una gran colina me impedía correr más que esa bestia.

   Escuché un crujir de ramas, miré a ambos lados y mi fin llegó desde lo alto de ese árbol robusto.

   La verdad está clara y el destino hecho, nunca podrás escapar de ese monstruo salido del inframundo.

Jaime Monroy Díaz

4ºB